La “escala técnica” que hizo el presidente de Honduras Manuel Zelaya en el aeropuerto internacional de Comalapa, produjo resonancias en una opinión pública normalmente helada. Es un síntoma revelador. Por lo menos algunos de los problemas políticos de carácter regional han llegado ya a cimas críticas. En este caso, el juicio de las organizaciones y aun de aislados comentaristas políticos, fue unánime, en contraste con las dudas y contradicciones de quienes definen la posición oficial. Los más patéticos defensores del gobierno de facto del país vecino, dirigentes y miembros del partido Arena, pues, piden hipócritamente la formación de una comisión legislativa para “investigar el caso y deducir responsabilidades”. Extrañamente no pidieron lo mismo para esclarecer la ilegal estadía en nuestro territorio del terrorista Luis Posada Carriles, quien poseía pasaportes y documentos salvadoreños, sin haber obtenido la nacionalidad ni mucho menos permiso de residencia. Es más, el propio presidente de la república, Francisco Flores, fue su amigo personal, con quien disfrutaba la cacería de patos. Fue quien intercedió ante la presidenta de Panamá para lograr su liberación de la prisión.

Desde luego, el golpe de Estado contra el presidente legítimamente electo por el pueblo hondureño se ha convertido hasta hoy en un triunfo de la desbordada e ilimitada ambiciosa actitud de los poseedores del poder económico. El desenlace deberá interpretarse justamente. La fuerza de opinión y las grandes mayorías que se opusieron al golpe militar –no importando cuál sea su carácter y su cuantía en cuanto se rompió el estado de Derecho--, apoyan también el retorno de Manuel Zelaya Rosales al gobierno. No obstante, esto no quiere decir, que el pueblo movilizado se siente satisfecho de tener al mandatario en su patria, pues mientras permanezca encerrado en la embajada de Brasil, no se cumple con las demandas constitucionales. La unificada voz del concierto mundial de naciones que se levantó en Naciones Unidas y en la Organización de Estados Americanos, pide la plena restitución y la entrega de plenos poderes al presidente constitucional de Honduras.

Las fuerzas reaccionarias de El Salvador, como no podía ser de otro modo, han lanzado sus furiosos ataques contra el presidente Zelaya Rosales y los grupos o personas solidarias que lo apoyaron para el normal regreso a su hogar, del que fue ilegítimamente expulsado. Un nuevo episodio de este grave conflicto se ha escrito, desde luego no será el último, pues Honduras nunca volverá a ser la nación sumisa de años pretéritos, la conciencia política ha despertado y ahora la resistencia popular cuenta con órganos propios de difusión, así sea alternos, sus canales de información y sus niveles superiores de organización y movilización. Los que conocen de estos “partos” tardíos de la sociedad, saben que nuevas y pujantes luchas se avecinan no sólo para conjurar los males de una inhumana y avariciosa oligarquía, sino para implantar un nuevo modelo de sociedad justa, equitativa, democrática y participativa. Estas son las lecciones de la historia que jamás entenderán las fuerzas oscurantistas ancladas en la prehistoria.

Las mismas palabras expresadas por los dirigentes de la resistencia popular señalan un camino distinto y la urgente necesidad de contar con una nueva constitución, tal como en su momento lo planteó el presidente Zelaya Rosales. El propósito no es osado, pero es evidente que existe una cierta relación –si no se quiere decir una vinculación indestructible—entre la correcta movilización y organización popular y la capacidad de amplias mayorías para realizar un ideario político. Un futuro gobierno ambiciosamente creador y con claro pensamiento revolucionario, no reformista, no puede construir sobre una economía deshecha, pero tampoco partiendo de modelos inhumanos y claramente nefastos para las necesidades de la población. La burguesía hondureña debe saber que sus días están contados, que su triunfo efímero al imponer la fuerza de las armas sobre la razón y las ideas, se ha convertido en un interminable río de esperanza, en un potente volcán en erupción, para millones de hondureños.

Sobre las contradicciones de la misma oligarquía y sus testaferros, así como sus aliados de Centro América (no se debe olvidar que los grandes empresarios, que miden su solidaridad por el dinero y sus excesivas ganancias, externaron su apoyo incondicional a los golpistas hondureños, en franca oposición a todas las naciones del mundo), alzan su vuelo las concepciones políticas. Y lo cierto es que toda la estructura económica de esta región es casi un montón de ruinas al menos para sus millones de habitantes. No es el Sistema de Integración Económica o el PARLACEN los que están mortalmente heridos. La gran cuestión, el problema cardinal del futuro, es determinar si –dentro de los supuestos económicos, políticos y sociales vigentes—es posible volver a Centro América a una vida económicamente sana o si la salida se encuentra en construir un modelo de sociedad distinto. Esta, indudablemente, es una de las más inquietantes realidades de nuestro tiempo.

Lo que ocurra en Honduras repercutirá en Centro América y sus ecos llegarán a la América del Sur. Y es porque al lado de las realidades han aparecido en el escenario de nuestra política, los viejos mitos y las reacciones airadas de las rancias burguesías. Con poca pena y menos gloria, se han pronunciado partidos políticos corruptos, así como agentes del imperio tratando de alargar los plazos y pretendiendo con el tiempo garantizarle legitimidad a un gobierno de facto trasgresor de la Constitución y de las leyes secundarias. El trazo de nuestro esquema político de integración ha sido, históricamente, uno de las materias pendientes: lo sufrimos con la desaparición de la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), con la eliminación del Mercado Común Centroamericano y mucho antes con el fusilamiento de destacados unionistas como Francisco Morazán. Jamás los gobiernos pro imperialistas se propusieron como ideario normal la integración y unión de los pueblos del istmo, por el contrario sucumbieron a los dictados de la potencia del Norte. Si realmente quisiéramos avanzar deberíamos destruir la educación colonial y sobre esa ceniza levantar una nueva arquitectura. Empeño largo que tal vez, se logre en un futuro cercano.

Somos optimistas. Vientos de cambio soplan desde hace algunos años en Nuestra América, como escribió José Martí. Los partidos de la izquierda y liderazgos valientes y honestos cruzan y se alzan en el firmamento. Se aprueban nuevas constituciones. La iglesia –el gran enemigo histórico—representante clásico de la reacción, ha perdido mucho de su monolítica, intolerante soberbia. De su entraña surgen espíritus estremecidos por la urgencia de transformar este mundo ya en ocaso. Monseñor Oscar Romero, es un ejemplo claro y estremecedor. Las motivaciones esenciales –que hierven en las conciencias de las nuevas generaciones—no son la libertad de pensamiento o de saber –conquistas del pasado—sino el arreglo de ese desconcierto trágico entre una educación que alimenta nuestro estilo económico y social y la sensibilidad juvenil que lo encuentra inmoral, injusto. Conflicto que, al fin, se resuelve por múltiples modos: el egoísmo pragmático, la indiferencia, el aislamiento en limitados claustros de la ciencia o la técnica, o la violencia.

La juventud en Honduras, así como otras generaciones, están dando un ejemplo de dignidad, de lucha sin claudicaciones y de honestidad al mundo. Por ello reiteramos que la oligarquía se equivocó al pensar que un solo hombre, un presidente, era la piedra en el zapato, el estorbo para mantener un estado de privilegios. Ahora se dan cuenta que han despertado la de la trompeta son para todos los hondureños. conciencia popular y que la organización en pleno desarrollo no se detendrá hasta alcanzar sus objetivos inmediatos y mediatos. Entre ellos, desde luego, la restitución del gobierno legítimamente electo; pero más allá de eso, la garantía de contar con una nueva Constitución, que garantice mayor participación de la población en las decisiones ejecutivas, en las elecciones populares y en todas aquellas instancias donde se aprueben leyes y se decrete justicia, equitativa es imparcial para todos. Las señales y los signos están dados. Los redobles de tambores y el sonido

Fuente: http://el-salvador.blogspot.com/2009/09/mitos-y-realidades-en-honduras.html

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