En la actualidad, el mundo se encuentra sumergido en constantes procesos de cambios y avances en distintas área de la vida humana, la cual ha provocado una transformación sistémica de ámbito mundial. Dicha transformación ha engendrado un nuevo orden capitalista el cual ha ido evolucionando y creciendo a medida que el hombre busca satisfacer sus necesidades inmediatas. Producto de estos cambios que enmarca al ciclo post-moderno, el proceso de globalización es el “ser procreado” que ha condicionado y configurado los escenarios para una nueva “revolución industrial”.

En este sentido, la globalización se inicia por la creciente necesidad de consumo y auge en las relaciones comerciales, la búsqueda de expansión, crecimiento y consolidación de una ideología, la cual ha conformado el actual comercio internacional y el moderno sistema económico.

El paradigma globalizador ha promovido un proceso cultural dinámico donde las fronteras han ido desapareciendo y redefiniéndose constantemente; así se puede observar cómo la humanidad se ha ido transculturizando en el campo económico, político, científico, tecnológico, cultural, cibernético, entre otros.

Sin embargo, el fruto de la globalización neoliberal que lideran y defienden los grandes ejes e imperios de dominio económico, político y financiero a escala mundial, ha incrementado la desigualdad y la brecha existente entre los países y ha provocado una expansión de la pobreza, de la exclusión, de la sobreexplotación de recursos.

Así pues, a pesar de que la globalización se ha ido solidificando y condensando dentro del sistema económico mundial, ha sido centro de muchas críticas, no sólo desde la periferia sino también desde su mismo yacimiento.

Dado el grado de polarización hegemónica que se manifiesta en el mundo y dado el conflicto y la disyuntiva generada por el pensamiento ideológico que subyace a la globalización, surge la necesidad de reformular, retomar y plantear nuevas ideas y debates estratégicos entre las naciones más afectadas por el proceso.

Es necesario reorientar las políticas internas de tal forma que se enfoquen, no en evadir el actual proceso, sino en afrontarlo y poder crear las bases y cimientos para insertarse y adaptarse a los constantes cambios mundiales.

En este orden de ideas, dicha realidad permite proponer y buscar una vía alternativa al proceso de globalización, ya que los problemas que impactan a la mayoría de las economías se agudizan y se transmiten rápidamente; es por ello que el proceso de integración se presenta como una política que se discute con asiduidad ya que dicha estrategia busca que las economías suprimidas por el actual contexto mundial puedan entrar firmes en el plano de un desarrollo sustentable y sostenido que sea además armónico y simétrico con el resto de las economías desarrolladas, para poder equilibrar y subsanar la desigualdad que predomina y se acrecienta en algunos países.

En efecto, la integración se concibe como una estrategia que va más allá de una óptica centrada exclusivamente en el ámbito comercial; implica además una corriente donde el desarrollo humano y el bienestar de los pueblos sean el norte de todos los objetivos.

No obstante, en América Latina el proceso de integración ha avanzado lentamente con relación a las condiciones dentro de las cuales se desarrollan sus economías.

Ello, sin embargo, no implica eludir o ignorar los esfuerzos e intentos que se han manejado en algunas regiones; se ha comenzado por tomar esta iniciativa como una salida viable y factible a la actual situación de recesión e inestabilidad del crecimiento mundial.

Es por ello que se considera urgente y necesario plantear dentro del proceso de planificación regional de cada país esta política, como mecanismo que pueda, no sólo neutralizar los efectos nocivos, sino también fortalecer y absorber los efectos positivos del inevitable proceso de globalización.

Actualmente, se tiene un panorama propicio para impulsar y reforzar la integración regional en América Latina y en otras economías vulnerables y subdesarrolladas.

La conformación del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), ALADI (Asociación Latinoamericana de Integración), UE (Unión Europea), MERCOSUR (Mercado Común Suramericano), MCCA (Mercado Común Centroamericano), CAN (Comunidad Andina de Naciones), los TLC (Tratado de Libre Comercio Norteamericano), entre otras, son convenios y acuerdos comerciales que representan la “piedra angular” de una nueva estructura económica mundial futura, si se desarrollan dentro de las leyes y normas establecidas.

Para que dicha política se lleve a cabo, se deberían tomar medidas y decisiones que giren en torno a las necesidades y exigencias de cada uno de los miembros del proceso, de forma tal que este sea equitativo y defienda, además, los intereses de cada una de las partes sin perjudicar a otros; es decir, que no sea un “juego de suma cero”.

Así pues, se afirma que es casi imposible que economías débiles y sensibles exploren caminos y tomen decisiones individuales dado que la incidencia política y económica para influenciar en el sistema internacional es poco efectiva.

Es por este motivo que la integración ofrece los “planos” para edificar las economías futuras, permitiendo así que dicha construcción sea un proceso de ingeniería conjunta que permita desarrollar un bloque con potencialidades y capacidades, de manera tal que estas regiones puedan conformar e integrar el actual comercio internacional y disfrutar de sus beneficios.

Se debería entonces emprender dentro de cada nación la integración regional, en conjunto con la modernización de las economías, coordinando las políticas gubernamentales, que articulen y coadyuven el modelo económico y social adecuado; se debe igualmente abrir negociaciones y acuerdos que “integren” los objetivos de los Estados y que éstos permitan a los países excluidos ser parte del “concierto internacional”, el cual, en la actualidad está un poco desafinado.

Es conveniente e importante argumentar que el proceso de integración tiene cierto grado de complejidad, ya que para abrir paso a una verdadera consolidación e integración entre diferentes regiones, es necesario lograr cierta simetría entre los diversos sistemas económicos.

De lo contrario, los efectos que se deriven pueden ser desventajosos para unos y ventajosos para otros.

Es por ello que para lograr esta paridad y consonancia entre los cuerpos económicos, debe iniciarse una serie de transformaciones y reestructuraciones internas, entre las cuales cabe destacar la diversificación del aparato productivo, es decir, romper en cierta magnitud con la dependencia y la deformación estructural que sucumbe y caracteriza a los sectores productivos en regiones subdesarrolladas, como en el caso de América Latina.

Por tal motivo, deben buscarse nuevos mercados y fortalecer las relaciones comerciales que promuevan la integración para dilucidar nuevos horizontes.

Estas y otros elementos que fortalezcan la economía interna, defendiendo el bienestar social, son los inicios de una fructífera y próspera integración, pero el más importante de todos es que cada gobierno concientice la idea de que debe abordar esta política para defender la economía de las agresiones y desequilibrios que ocasiona la extrema interconexión mundial, todo ello enfocando los esfuerzos en programas y proyectos que estimulen el crecimiento y desarrollo económico y social.

Para ello se debería emprender y/o rescatar la industrialización, generar mayor productividad, acrecentar la competitividad, impulsar la innovación científica y tecnológica, solidificar la cultura, la justicia, la confianza y la estabilidad general del país, todo ello bajo un marco del consenso que debe existir entre las regiones, buscando así que dichas economías puedan nivelarse con los protagonistas internacionales.

La globalización que ahora rige el proceso de mundialización es un fenómeno de índole ideológica, que se inspira en determinadas ideas y políticas y se mueve por determinados actores e intereses geoeconómicos y políticos y apunta a imponer un nuevo orden al proceso de la mundialización" (Maspero en AUNA, 15-III-1,999). Explicitando más esta diferencia, añade que "el fenómeno de la mundialización es inevitable y bien orientado puede llevar a crear un nuevo orden mundial más libre, democrático, más humano, más justo y solidario en el marco extraordinario de la efectiva unidad de la familia humana... La globalización actual es el resultado de ideas predominantes, de actores claves, de poderosos intereses geoeconómicos y geopolíticos, de decisiones políticas y económicas tomadas en los actuales centros de poder mundial y en las grandes instituciones financieras y comerciales" (Maspero, Idem).

En otras palabras, se podría decir que la globalización es la forma salvaje del capitalismo, que intenta llevar la mundialización sólo en beneficio de las corporaciones multinacionales. En nuestro caso podemos definir la globalización como una mundialización practicada desde las reglas del modelo neoliberal; en cambio, una mundialización concebida desde las oportunidades que ofrece para el desarrollo de los pueblos podemos encontrarla en los procesos de integración. Cada vez se hace necesario distinguir estas vertientes como lo hace también Samir Amin: él se refiere, por un lado, la "mundialización desenfrenada", que está hegemonizada por la ideología neoliberal extrema sobre todo en la última década del siglo XX y, por otro lado, pone su esperanza en que tal característica sólo sea "un paréntesis en la historia" debido a que el sistema podría no ser autodestructivo debido a que la razón humana puede tener mayor peso que la sola economía de mercado (Amir, 1,996).

Sin embargo, aunque esta diferencia entre conceptos es esclarecedora, no siempre se logra un entendimiento universal. Diversos académicos en el mundo, por ejemplo, utilizan el concepto de mundialización de manera equivalente para ejemplificar precisamente todo lo peyorativo de la globalización; Ignace Ramonet menciona los regímenes globalitarios recordando a los regímenes totalitarios y señala que "estos fenómenos de la mundialización de la economía y de concentración de capital, tanto en el Sur como en el Norte, quiebran la cohesión social; empeoran en todas partes las inequidades económicas que se acentúan en la medida en que aumenta la supremacía de los mercados" (Le Monde Diplomatique, 1,997). Pero en Europa misma se discute si la mundialización es inevitable y diversas posiciones plantean el intento de poner la economía mundial al servicio de la sociedad.

Simplemente habría que consultar todo el dossier que ha publicado Le Monde Diplomatique, en Junio de 1,997, con el título "La mondialisation est-elle ine able?". La discusión se enfoca a las tesis liberales que promociona el Financial Times y el semanario The Economist en relación a la doctrina de la economía de mercado y el libre cambio, mientras que Le Monde se enfoca a una Europa de políticas comunes criticando la zona de libre cambio como un simple segmento del mercado mundial y considerando que la economía debe ser puesta al servicio de la sociedad y no a la inversa.


Ciencias Sociales 2. Pág. 184-186. Editorial LISE. Honduras

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